Descolorido
- Azul, azul… ¡claro! ese es el color del capitalismo ¿por qué jodidos no se me ocurrió?
Siempre disputaba por este tipo de cosas con el viejo. Todas las tardes de domingo, íntegras en su despacho hablando puñados de patrañas sobre el deber ser o el debería. Tarugadas que resolverían todo pero que irónicamente nunca lo hacen. Yo siempre estaba en contra, generalmente un guion negativo en una ecuación a mano alzada. Me describiría como un joven arrinconado pero cuerdo. La sensatez, a su pesar, tildada de pendejez pero en el fondo yo sé que es contracultura en bruto.
- ¡Eres un rojo! – interrumpió el abuelo.
De alguna manera lo era. Curiosamente siempre fui un sujeto amarillento, una especie de ictérico imposible que aspiraba a comunista. Los rojillos eran buenos tipos que componían sinfonías interesantes para un público afligido compuesto de quién sabe…cientos o quizá miles. Todos ellos despojados del reino por los defraudadores: los ingobernables. Yo, un resentido de la existencia me alíe a esos rollos sabiendo que era inevitable.
Mi padre, el zoólogo hacía tiempo que me diagnosticó el síndrome de los rojillos. Se trataba de un coraje comunistoide, un veneno necesario y digno añadía un tío inexistente que podría haber sido yo. Era cierto, había un poco de sentimentalismo en el atrevimiento comunista donde no todo eran efigies, un kremlin, pictures y un fárrago de superchería intelectual. Hedía a un pathos en los retorcidos rostros de mujeres y hombres perceptivos, sensibles, intuitivos. Por eso un comunista, ninguna noche dormía solo. Siempre estando ahí, en su cabecera el bendito odio.
Por unos momentos me quedé en silencio. El domingo, a través de las cortinas no alcanzaba a cerrarse. El debate se agudizaba. El viejo sacaba cada vez que podía la cajita de toallas húmedas donde ocultaba los fajos de dinero obtenidos de su negocio de prestamista. Aquel varo era mucho.
–Mira cuanto hijo, lo que he ganado. El sudor tarde que temprano se metamorfosea y se vuelve oro. El capitalismo es oro chico. Allá en el armario hay más cajitas como esta.
Pobre tipejo. Trabajó para la vida y siempre fue un miserable, un hambriento y famélico. Un desamparado manufacturado a la antigua. Receló en su tiempo a los poderosos y se propuso ser distinto cuando alcanzará el umbral. Curioso ya nadie los usa, pero en fin. Lo logró con la urdimbre económica y al llegar a algo se acrecentaron en él los egos. Se dejó convencer por lo de la tacañería y su mirada cambió. Una cirugía plástica no basta para cambiarle la vista a uno pensé.
Recuerdo que después de oír eso, yo sólo sonreía. Estaba fuera de mi cuerpo viéndome mostrar mis pequeños dientes. Siempre sonriendo, fabricando algo, un arma. No son tan malas como dicen.
–Anda que dices a eso chico. Ves estas rojo al igual que ellos, un color rojo vergüenza ¡eso! Jajaja. Admítelo, me salió fenomenal.
Solía hacer el abuelo analogías todo el tiempo. Eran curiosas, atrevidas pero bastante sosas para despertar una mueca. Tenía que seguirle. Sin embargo las cosas más divertidas aparecen al final, cuando todo se ha ido al carajo. Me rendí y me fui sin más, pues algunas personas son imposibles. Salí. La abuela quedó tras de mí, limpiando ansiosamente con una franela la taza que le mandó tío Agustín del gabacho. Yo desde un inicio había estado en retirada.
Me fui ideando un final. Nunca lo hubo. Una letanía y sólo la equivocación que llegaba tarde. Éramos humanos haciendo lo mejor que sabíamos: pelear por migas. Nadie debía ganar pues él estaba enfermo y yo también. Los colores nunca son fuentes confiables. Imagina si hubiera cedido a su juego de analogías. Agrediéndonos puerilmente afirmando que el rojo es vida por la sangre y él diciendo que el azul en las venas es mejor al recoger la mierda del cuerpo. Que la alegría es roja y la muerte era de un azul oscuro. Que el rojo es caluroso y el azul es frío. Que la mayor parte del día el cielo es azul y sólo cuando muere el día se vuelve rojo, en un fatídico ocaso. Caer en lo más bajo de las analogías de espíritus ingeniosos, ociosos y por qué no pusilánimes también, buscando justificar colores e ideologías.
No obstante, ninguno podía ganar en esa tarde pues que yo sepa nadie se ha madreado a las paradojas. Las reyertas de comunismo o capitalismo, rojo o azul, siempre eran lo mismo. No existían más colores, eso era de insectos y reptiloides. Pateé una lata, me encontraba un poco desanimado percatándome que ambos habíamos perdido existencia, sesos y sustancia. Tenía que encontrar pronto otro color, en algún sitio y en el mejor de los casos refugiarme en el más constante de todos en un negro súbito o bien convertirme en un invidente feo y burlón.