Samuel volvió de sus pensamientos y rápidamente se dispuso a rascarse enérgicamente la rabadilla. Tenía una infección en la piel que le aquejaba desde hacía varios meses convencido de que no valía la pena curarse. Se había quedado corto, porque el dinero se le había fugado en la adquisición del revólver que tenía en sus manos. Por un momento Samuel se alivió. Cesó la comezón y ahora prestaba su atención al arma que le jodía infinitamente. Estaba pesada e inquietamente fría, fría como los cuerpos de sus congéneres, todos héroes bajo tierra ¿pero esperando qué? se preguntaba Samuel ¿la vida acaso? y le dio risa. Él no esperaba para nada el fin de los tiempos, puesto que sabía perfectamente las implicaciones de nacer siempre en medio. Un sitio que te apartaba de los buenos o malos principios.
Samuel dejó de pensar y dio un suspiro largo, largo, largo. Se percató que la agitación ya no estaba ahí y el complejo quedó en silencio: mudo su cuerpo, los muros y la ciudad de fuera. Antes todo había sido bello para Samuel. Ahora lo único real era que todo había perdido certeza y el mundo se tornó excesivamente paradójico, con dualidades intrincadas, contradictorias y patológicas causadas por los antihéroes.
Trágico era ser el último en ausencia de los suyos, de los villanos, solo en el tiempo de los antihéroes donde el gran linaje heroico se encontraba en un punto de fuga, arrinconados en la literatura huyendo como ningún otro ser, aprendiendo a lidiar con la ficción. Pronto no quedaría nada, ya que los antihéroes habían repartido atole con sus dedos mientras les exterminaron de sus sociedades. Samuel no les tenía estima alguna, pensaba en ellos como un grupo confundido comiendo sus embutidos diseñados para aniquilar, alimentos que nutrían pero que podían volverse carcinomas demoníacos. Ellos eran los responsables de que el bien se volviera optativo y colateral al igual que el mal y Samuel con todo eso empezaba a volverse loco. La buena comida no existía, la mala tampoco, la gente tenía pesadillas y sueños al mismo tiempo y eso le parecía inconcebible.
Trágico era ser el último en ausencia de los suyos, de los villanos, solo en el tiempo de los antihéroes donde el gran linaje heroico se encontraba en un punto de fuga, arrinconados en la literatura huyendo como ningún otro ser, aprendiendo a lidiar con la ficción. Pronto no quedaría nada, ya que los antihéroes habían repartido atole con sus dedos mientras les exterminaron de sus sociedades. Samuel no les tenía estima alguna, pensaba en ellos como un grupo confundido comiendo sus embutidos diseñados para aniquilar, alimentos que nutrían pero que podían volverse carcinomas demoníacos. Ellos eran los responsables de que el bien se volviera optativo y colateral al igual que el mal y Samuel con todo eso empezaba a volverse loco. La buena comida no existía, la mala tampoco, la gente tenía pesadillas y sueños al mismo tiempo y eso le parecía inconcebible.
-Todos antihéroes, todititos -repetía cada tanto.
Tanta contingencia convirtieron el hígado de Samuel en paté en cuestión de minutos. Frotó su costado con una de sus manos. Sintió un leve dolor e hizo una mueca. Ahora estaba sonriendo. Podía, a manera de alternativa convertirse en un formidable villano, el último como una forma de escape o desahogo ya que después de todo era sumamente simple una conversión, pensó. Fácil como tomar la pistola y aniquilar a los antihéroes sin renunciar a su absolutidad. Era sencillo pasar de una muerte a otra, ya que de la muerte a la vida es un arte que goza de alto grado de complicación so pena de no regresar.
Estaba Samuel aplacándose los cabellos y a punto de decidirse y en eso sonó el timbre. Golpearon muchas veces la puerta. Ellos por fin habían dado con su paradero, justo en la guarida del héroe. Samuel se levantó de la cama y bajó las persianas. Se quedó quieto pensando ágilmente. Se estaba cagando inclusive pudo sentir el calor de su orina bajando por su entrepierna y haciendo de él un desastre. Sentía miedo, no era tanto por el peso de su muerte sino que era la gravidez propia que le dotaba ser el último de los suyos. Él, ahora podía sentir la reducción de las distancias, sentía que se aproximaban miles de antihéroes apretujándose y corriendo en estampida hacia su dirección.
El tiempo se le había tirado por toda la alfombra y tenía que decidir, hacer válidas una de las dos únicas opciones: convertirse en villano y salir a derrocarles a diestra y siniestra o pegarse un sólido tiro dejando abandonada y sola a toda la humanidad. Samuel estaba sudando, todo empezaba a ponerse caluroso dentro de su habitación pero la elección era simple, sumamente sencilla así que tras un momento de silencio, de tibieza…Samuel fatigado, triste, vivo, muerto, tomó una decisión y lo hizo.
El tiempo se le había tirado por toda la alfombra y tenía que decidir, hacer válidas una de las dos únicas opciones: convertirse en villano y salir a derrocarles a diestra y siniestra o pegarse un sólido tiro dejando abandonada y sola a toda la humanidad. Samuel estaba sudando, todo empezaba a ponerse caluroso dentro de su habitación pero la elección era simple, sumamente sencilla así que tras un momento de silencio, de tibieza…Samuel fatigado, triste, vivo, muerto, tomó una decisión y lo hizo.