Golpeado por el perdón.
Mi tío por alguna razón se había quedado a comer un plato de pozole y Román, mi hermano el chico continuaba con nosotros antes de largarse a Tombuctú. Conversar en la cocina, hasta la fecha gozaba de ser una práctica saludable en nuestra pequeña unidad familiar y aquella tarde probablemente no sería la excepción. Recuerdo que departíamos experiencias sobre el tedio escolar, los infames trabajos anunciados en el periódico local, las bajas económicas, los mezquinos que decoraban las manos de mi tío y hasta armamos un debate sobre a quien correspondería ganar los olímpicos.
Mi familia en aquella época no estaba de acuerdo con la relación que tenía con la dulce Mónica y cada que podían lo sacaban a relucir, era todos los días como si el asunto fuera un reloj costoso. Mónica, una chica delgada de tez morena, sumamente estudiosa y dedicada era mi adoración, pero la violencia cada tanto encontraba sus formas para llegar a mi. Solía creer en aquella época que podía sobrellevar perfectamente todo acto violento y que tenía muchos anticuerpos. La vida me había hecho un experto en el arte de apechugar surgiendo un pecho vigoroso, amplio, fuerte como el de un sapo agredido. Pero cada tanto un hombre medio humano puede sucumbir a las rencillas de gente perdida. Así como los huesos ceden al ser arrojados a los acantilados o cuando uno se madrea el dedo meñique con el filo de la portezuela. La vida cansa, aprender duele y todo es más o menos así desde que inicia el año. Apechugar se los digo, no deja bondad alguna engendrando traumas, maquinando heridas internas invisibles a los ojos de los apacibles médicos. Solía pensar mucho sobre los traumas por aquel entonces y siempre me cuestionaba si existían traumas buenos ¿lo positivo te marca? ¿es capaz de crear cicatrices? No importa, porque no es el momento de pensar en estas baratijas pero ustedes saben que una cosa lleva a la otra cuando se vive en el vientre, en las mismísimas tripas del gato.
La cosa es que de un momento a otro ellos principiaron el ataque. Formidables buques de colisión que me lanzaban cañonazos a diestra y siniestra. Decían que mi novia esto, su cara esto, su cuerpo, sus ideas y su ser servido a la plancha en una mesa. Ella ganadora de múltiples premios siendo la mejor de su generación no importaba en lo absoluto, puesto que su silueta no era la de las modelos llenas de altitud y ficción. Distante de las chicas mensas que aparecen en Vanidades prostituyendo un poco de atención. Román recuerdo que de vez en cuando se levantaba diciendo:
- ¡Esta tan plana como esta fea pared! Entonces empezaba a lengüetear sagazmente el muro fingiendo ser yo en un encuentro con Mónica.
Todos reían, era un circo, ellos estaban felices menos yo que desde el otro lado de la mesa me la aguanté media hora soportando risotadas. Intentaba blandir un puñetazo y nada, sólo llevaba cobardía en el pantalón. Tampoco había por ahí algún insensato que me pudiese ayudar a derrocarlos. Siempre estaba ahí solo, un tipejo vestido con una espiral. Yo trataba de contener lo que tenía en el pecho era inútil, haciéndome con cada segundo letal. Me estaba tomatizando. Escuchaba a lo lejos a alguien decir “un perdedor siempre será un perdedor sin importar dónde y cuando”. Estaba en silencio a punto de estallar. Mi plato estaba frío. Mi madre fingía no estar de acuerdo, pero se burlaba pues veía hidratarse de jovial sangre sus pequeños ojos, toda aquella mierda le resultaba deliciosa.
Sin previo aviso, les juro que me rompí. Adiós costillas flotantes, pulmones y dolor. Entre las trazas de mi memoria alcanzo a verme a mi mentándoles la madre con el brazo y con la palabra -¡Chinguen a su madre!- que repetía una y otra vez. Me largué. Estallaron las risas, me imitaron volvieron todo aquello otra comedia. Fui escaleras arriba, me vestí mejor puesto que andaba harapiento y fui a verla.
- ¿Qué tienes mi amor? me dijo cuando llegué a su casa.
- Nada Moni, nada. Le besé su frente. Me estaba recomponiendo y empezaba otra vez a apechugar.
Mi madre en los días siguientes no me preparó de comer por haberla insultado, mi hermano continúo con su relajo y mi tío, al imbécil al que le pusieron el cuerno cada que me ve se burla de como se las rayé y de lo cagado que estaba. Tal vez estaba jodido ¿me había equivocado? quizás un verdadero caballero no debía defender a su chica. Un caballero de los de deveras debía dejar que le metiesen mano bajo las bragas de su chica y aceptar que se burlaran de su destino, la cosa era aguantar. Tal vez las novias no importan tanto por eso no había que hacerles caso, al menos eso era lo que ellos decían. Todo era tan difícil de interpretar, pero siento que es probable, que yo estuviera errado y continúo muy preocupado porque para ser honesto aún no encuentro la forma de pedirle perdón a Román, a mi tío, a mi mamá y ya de paso a la humanidad.
Así que ¿me perdonan?
No hay comentarios:
Publicar un comentario